En el Discurso sobre la economía política de Jean-Jacques Rousseau, publicado en 1754, el autor distingue fundamentalmente entre la economía doméstica y la economía pública, rechazando la idea de que el Estado deba gestionarse bajo un modelo patriarcal. Rousseau introduce el concepto de la voluntad general como el principio rector que debe asegurar la armonía entre la autoridad del gobierno y las libertades ciudadanas. El texto también examina la importancia de la virtud cívica, la educación pública y una administración financiera justa para prevenir la desigualdad extrema.
El término economía deriva originariamente del gobierno legítimo de la casa para el bien común de la familia, pero Rousseau establece una distinción fundamental entre la economía doméstica y la economía política. Mientras que en la pequeña familia el padre actúa por sentimientos naturales y una fuerza física superior que justifica su autoridad, en el Estado los miembros son naturalmente iguales y la autoridad solo puede fundarse en convenciones y leyes. La escala de administración es tan divergente que las reglas de una no pueden aplicarse a la otra; el jefe civil no puede verlo todo por sí mismo y debe desconfiar de su corazón, guiándose únicamente por la razón pública.
El fundamento del Estado no es una evolución natural de la familia, sino una institución basada en convenciones donde el magistrado solo puede mandar en virtud de las leyes. A diferencia del padre, cuyos hijos solo poseen lo que él les otorga, en la "gran familia" la administración general se establece precisamente para asegurar la propiedad particular, la cual es anterior al Estado. Por tanto, el magistrado no posee un interés natural en la felicidad de los ciudadanos y puede, si carece de una virtud sublime, buscar su propio beneficio a través de la miseria ajena.
El cuerpo político debe ser considerado un ser moral dotado de voluntad, y la voluntad general es la fuente de las leyes y la regla de lo justo para todos los miembros del Estado. Esta voluntad tiende siempre a la conservación y el bienestar del todo, aunque las deliberaciones públicas no siempre son equitativas si el pueblo es seducido por intereses particulares disfrazados de bien común. Es crucial entender que la voluntad general es siempre la más justa, representando la voz del pueblo como la voz de Dios, frente a las voluntades de asociaciones menores que suelen ser viciosas respecto al conjunto de la sociedad.
La primera máxima del gobierno legítimo es seguir en todo la voluntad general, lo cual exige distinguir la administración (gobierno) de la soberanía (poder legislativo). La ley es el instrumento prodigioso que permite sujetar a los hombres para hacerlos libres, obligándoles a obedecer sin que nadie los mande personalmente. El verdadero talento de un gobernante no radica en la severidad de los castigos, sino en su capacidad para prevenir las infracciones y actuar sobre las voluntades de los ciudadanos antes que sobre sus acciones, logrando que el Estado parezca no necesitar dirigentes.
Para que la voluntad general sea efectiva, el gobierno debe hacer reinar la virtud, logrando que las voluntades particulares se conformen a la general. El medio más eficaz para este fin es el amor a la patria, un sentimiento que une la fuerza del amor propio con la belleza de la virtud, produciendo acciones heroicas. Rousseau sostiene que es necesario formar ciudadanos desde la infancia mediante la educación pública bajo reglas prescritas por el soberano, para que los niños se identifiquen con el cuerpo político y aprendan a querer solo lo que la sociedad quiere.
El tercer deber esencial del gobierno es velar por la subsistencia pública, manteniendo la abundancia al alcance de los ciudadanos mediante el trabajo. Aunque la propiedad es el fundamento de la sociedad civil y el derecho más sagrado, los miembros deben contribuir con sus bienes al mantenimiento del Estado. Una administración sabia debe priorizar la prevención de las necesidades antes que el aumento de las rentas, evitando los gastos superfluos generados por ambiciones de conquista o la corrupción interna.
Finalmente, el sistema fiscal debe ser proporcional y equitativo, protegiendo al pobre de la tiranía del rico, quien a menudo goza de impunidad y privilegios. Rousseau propone que la carga tributaria recaiga sobre los objetos de lujo y las artes inútiles en lugar de sobre productos de primera necesidad como el trigo. Al gravar lo superfluo, el Estado no solo obtiene ingresos seguros, sino que actúa como un regulador social que previene la extrema desigualdad de las riquezas, base de la corrupción de las costumbres y del debilitamiento de la voluntad general.
La teoría de la economía política de Rousseau presenta una tensión paradójica entre la libertad individual y el colectivismo moral. Si bien su enfoque busca proteger al individuo mediante el imperio de la ley, su propuesta de educación pública estatal para "formar hombres" desde el nacimiento plantea un riesgo de adoctrinamiento que podría anular la pluralidad del pensamiento individual en favor de una identidad estatal monolítica. Asimismo, aunque su crítica a la desigualdad económica y la denuncia de cómo el rico "engaña" a la ley son profundamente lúcidas y vigentes, su dependencia de la "sublime virtud" de los magistrados parece un ideal difícil de alcanzar en la práctica política real. En última instancia, Rousseau nos advierte con razón que un Estado que solo atiende a las finanzas y olvida las costumbres y el amor a la pátria está condenado a la ruina, pues las mejores leyes son inútiles si no hablan al corazón de quienes deben obedecerlas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario