En esta ocasión analizamos la trascendental lección magistral pronunciada por Pasquale Stanislao Mancini en la Universidad de Turín en 1851, titulada "Della nazionalità come fondamento del dritto delle genti".
La disertación de Mancini se sitúa en un contexto histórico crítico, marcada por el despertar de los sentimientos nacionales en Europa y, especialmente, en una Italia que buscaba su redención y unidad. El autor celebra la creación de una cátedra de Derecho Internacional en el Ateneo Subalpino como un acto de "sabiduría política", destinado a dotar de un fundamento científico y racional a la aspiración de independencia de las naciones. Para Mancini, la ciencia no debe ser un catálogo de abstracciones áridas, sino una disciplina capaz de responder a las necesidades de su siglo y encender el calor del "virtuoso afecto" en el alma de los jóvenes.
El núcleo de la propuesta de Mancini es una ruptura paradigmática: el fundamento del Derecho de Gentes no es el Estado, sino la Nación. El autor critica las doctrinas dominantes de figuras como Grocio y Vattel, quienes consideraban a los gobiernos y estados artificiales como los sujetos del derecho internacional. Mancini sostiene que el Estado es a menudo una creación arbitraria de la fuerza o la diplomacia, mientras que la Nación es una sociedad natural de hombres configurada por la unidad de territorio, origen, costumbres y lengua.
Mancini identifica una serie de elementos materiales que constituyen la base de una nación: la región geográfica, la raza (entendida como identidad de origen y sangre), la lengua, las tradiciones históricas, las leyes y la religión. Estos factores climáticos y físicos modifican las tendencias y capacidades de los pueblos, creando una "intimidad de relaciones" que genera una comunidad de derecho propia. Sin embargo, aclara que estos elementos por sí solos son "materia inerte" si no reciben el soplo de la vida.
El elemento supremo y definitivo de la nacionalidad es la conciencia de la nacionalidad, es decir, el sentimiento que un pueblo adquiere de sí mismo y que le permite manifestarse hacia el exterior. Mancini describe este principio espiritual como el "pienso, luego existo" de las naciones; es la fuerza que transforma una masa informe en una personalidad nacional capaz de ejercer derechos morales y jurídicos. Cuando este sentimiento se apaga, la nación cae en la servidumbre, pero su despertar es capaz de romper las cadenas de los opresores.
A partir de esta definición, el autor establece que la conservación y el desarrollo de la nacionalidad no es solo un derecho, sino un deber jurídico basado en la libertad colectiva. La libertad de cada individuo se extiende al desarrollo común del agregado orgánico que forma la nación. Por lo tanto, cualquier agresión contra la independencia de una nación es una violación de la libertad misma y un atentado contra el orden moral que rige a la humanidad.
Esta soberanía nacional se manifiesta de dos formas: la constitución interna (el derecho de un pueblo a gobernarse a sí mismo en su territorio natural) y la autonomía externa (la independencia frente a la coacción extranjera). La unión de ambas constituye la "Etnarquía", el estado naturalmente perfecto de una nación. Mancini defiende que cada nación debe ser "dueña en su propia casa" y que cualquier gobierno impuesto desde fuera despoja a la nacionalidad de su voluntad jurídica, convirtiéndola en una "cosa" en lugar de un sujeto de derecho.
Finalmente, Mancini aclara que el principio de nacionalidad no conduce al aislamiento egoísta, sino a una coexistencia armónica entre los pueblos. Al reconocer su propia nacionalidad, un pueblo se siente obligado a respetar la de los demás bajo una ley moral universal que trasciende fronteras. Citando a Vico, Mancini ve en este sistema la realización de la "humanidad de las naciones", donde el Derecho de Gentes funciona como la cadena de oro que asocia a las nacionalidades en una sola unidad orgánica: el género humano.
La obra de Mancini representa un esfuerzo intelectual encomiable por elevar el sentimiento romántico del nacionalismo a la categoría de verdad científica. Su mérito reside en haber desafiado el pragmatismo cínico de la época —basado en la conquista y el equilibrio de fuerzas— para proponer un orden internacional fundamentado en la ética y la libertad natural. Sin embargo, desde una perspectiva crítica, su visión puede resultar excesivamente idealista. Mancini confía en que la "conciencia nacional" es un hecho evidente y unitario, ignorando quizás las tensiones internas y las identidades múltiples que pueden coexistir en un mismo territorio. Además, aunque denuncia el abuso de la fuerza, su doctrina de la nacionalidad fue históricamente utilizada tanto para la liberación de los pueblos como, más tarde, para justificar políticas exclusivistas. No obstante, su insistencia en que el derecho internacional debe proteger la personalidad de los pueblos y no solo los intereses de los estados sigue siendo una lección de vigencia absoluta en la defensa de los derechos humanos y la autodeterminación.


