miércoles, 27 de mayo de 2026

Spinoza: la libertad de pensamiento y el estado laico


El Tratado teológico-político, publicado de forma anónima en 1670, representa una de las obras más audaces y revolucionarias del siglo XVII. Baruch Spinoza redactó este texto en un momento de intensas discordias religiosas y absolutismo monárquico, situándose en la frontera entre la reforma religiosa y el nacimiento del estado laico. El objetivo principal de la obra es demostrar que la libertad de filosofar no solo es compatible con la piedad y la paz del Estado, sino que su supresión destruiría ambos pilares. Para el autor, el derecho de cada individuo a pensar libremente es inalienable, y el Estado debe ser el garante de esta libertad dentro de un marco democrático.

Spinoza identifica el origen de la superstición en el miedo y en la inconstancia de la fortuna humana. Los hombres, cuando se encuentran en peligro, tienden a abandonar la razón y recurren a ficciones imaginarias que interpretan como señales divinas. Este fenómeno es aprovechado por el régimen monárquico para mantener a la masa engañada bajo el nombre de religión, haciendo que luchen por su esclavitud como si fuera su salvación. El autor denuncia que la religión se ha convertido en una cuestión de privilegios eclesiásticos, donde el templo se transforma en teatro y la piedad en un odio ciego hacia quienes piensan diferente.

En su análisis de la profecía, el filósofo sostiene que los profetas no estaban dotados de una mente más perfecta, sino de una potencia imaginativa más vigorosa. Por tanto, la revelación no aporta conocimientos científicos ni verdades metafísicas complejas, sino que se adapta a las opiniones previas y a la capacidad del vulgo. La Escritura no busca enseñar las ciencias, sino únicamente inculcar la obediencia y la piedad a través de historias sencillas. Así, Spinoza despoja a los textos sagrados de su pretensión de autoridad intelectual en asuntos que competen exclusivamente a la razón humana.

Uno de los puntos más controvertidos es su crítica a los milagros, los cuales define no como violaciones de las leyes naturales, sino como eventos cuya causa natural es desconocida por quien los relata. Spinoza argumenta que nada sucede contra la naturaleza, ya que sus leyes son los decretos eternos de Dios y poseen una necesidad absoluta. Por consiguiente, creer en milagros como rupturas del orden natural es, en realidad, una forma de ateísmo, pues implicaría que Dios actúa contra su propia naturaleza. El conocimiento de Dios se alcanza mejor a través del orden fijo e inmutable de la naturaleza que mediante portentos asombrosos.

En el ámbito político, Spinoza fundamenta el Estado en el derecho natural, que identifica con el poder de cada individuo para existir y actuar. Para vivir en seguridad y evitar el conflicto constante del estado natural, los hombres establecen un pacto social mediante el cual transfieren su derecho a la sociedad colectiva. La democracia es el régimen más natural y compatible con la libertad individual, ya que en ella nadie transfiere su derecho de forma que deje de ser consultado. El fin último del Estado no es el dominio por el miedo, sino permitir que los hombres desarrollen sus funciones mentales y físicas con seguridad; es decir, el fin del Estado es la libertad.

El autor defiende una separación radical entre la teología y la filosofía, asignando a cada una su propio dominio: la verdad para la filosofía y la obediencia para la teología. Esta distinción permite que cada individuo goce de la máxima libertad de pensamiento sin perjudicar a la religión, la cual debe reducirse a la práctica de la justicia y la caridad. Spinoza sostiene que el Estado debe tener la autoridad suprema sobre los asuntos sagrados externos para evitar que las sectas religiosas dividan la sociedad y usurpen el poder civil. La paz social solo es posible si el culto externo se adapta a la utilidad pública definida por la potestad suprema.

Finalmente, el tratado concluye que en un Estado libre debe permitirse a cada ciudadano pensar lo que quiera y decir lo que piense. Spinoza advierte que las leyes que intentan castigar las opiniones son inútiles y solo sirven para irritar a los hombres honrados, fomentando la hipocresía y la sedición. Un Estado estable es aquel donde la autoridad se limita a las acciones, dejando el juicio individual libre, lo que a su vez promueve el progreso de las artes y las ciencias. La fidelidad al Estado debe juzgarse por las obras de caridad y equidad, no por la adhesión a dogmas teóricos.

El Tratado teológico-político constituye una pieza fundacional del liberalismo moderno y de la crítica bíblica contemporánea al proponer una lectura histórica y racional de los textos sagrados. Al subordinar el ejercicio externo de la religión a la estabilidad del Estado y elevar la libertad de conciencia como un derecho inalienable, Spinoza sentó las bases para la tolerancia civil y la secularización de la política. Sin embargo, su insistencia en otorgar a la potestad suprema el derecho absoluto sobre la interpretación de lo sagrado externo plantea una tensión crítica: si bien busca evitar el fanatismo sectario, abre la puerta a un control estatal que podría entrar en conflicto con la pluralidad de vivencias religiosas. No obstante, su visión de que la verdadera piedad reside en la justicia y la caridad y no en la defensa de dogmas excluyentes sigue siendo una lección de vigencia incuestionable para la convivencia en sociedades democráticas.

viernes, 8 de mayo de 2026

Miedo: el caos en la Casa blanca de Trump según Bob Woodward


Miedo: Trump en la Casa Blanca (Fear: Trump in the White House en inglés) es un libro de no ficción del periodista estadounidense Bob Woodward sobre la presidencia de Donald TrumpBasado en cientos de horas de entrevistas con miembros de la administración Trump, fue lanzado el 11 de septiembre de 2018.[

El libro de Bob Woodward revela una verdad horrible sobre el día a día en la Casa Blanca bajo la presidencia de Donald Trump, detallando un proceso de toma de decisiones caótico en políticas internas y exteriores. Basándose en cientos de horas de entrevistas, diarios y documentos, Woodward describe lo que califica como un «golpe de Estado administrativo» y un colapso nervioso del poder ejecutivo en el país más poderoso del mundo. La obra pone de relieve cómo el círculo íntimo del presidente luchó constantemente para contener los impulsos de un líder que veía el miedo como el componente esencial del verdadero poder.

Este «golpe de Estado» se manifestó de forma tangible cuando altos cargos, como Gary Cohn y Rob Porter, se organizaron para robar proyectos de decretos del Despacho Oval. Cohn llegó a sustraer una carta de la mesa del presidente que pretendía finalizar el Acuerdo de Libre Comercio con Corea del Sur (Korus) para proteger la seguridad nacional, pues Trump nunca se daba cuenta de la desaparición de los documentos si no los tenía delante. Según Cohn, su labor no consistía solo en lo que hacían por el país, sino en lo que evitaban que el presidente hiciera para prevenir catástrofes económicas y militares.

La volatilidad de Trump se reflejaba en su desprecio por los hechos y la lógica convencional, prefiriendo actuar por impulsos e intuición. El presidente se mostraba errático e inestable, cambiando de opinión según su estado de ánimo o lo que veía en la televisión, especialmente en Fox News. Woodward ilustra un ambiente de «anarquía y desorden» donde los asesores debían recurrir a tácticas de procrastinación, alegando restricciones legales o revisiones adicionales, simplemente para ralentizar ideas que consideraban verdaderamente peligrosas.

En el ámbito de la seguridad nacional, figuras como el secretario de Defensa James Mattis y el general Joseph Dunford se vieron obligados a actuar como educadores ante un presidente que cuestionaba el valor de las alianzas históricas. Durante una tensa reunión en el Pentágono conocida como «el Tanque», Mattis intentó explicar que el orden internacional basado en normas era el mejor regalo de la generación anterior, mientras que Trump veía a los aliados como «protectorados» que robaban a Estados Unidos. Mattis llegó a afirmar con dureza que la presencia militar en Corea del Sur era necesaria para «evitar la Tercera Guerra Mundial», comparando el nivel de comprensión del presidente con el de un niño de primaria.

La investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la interferencia rusa supuso una distracción constante que consumía la energía emocional de Trump. El presidente vivía en un estado de paranoia, sintiéndose «violado» por el poder que otros tenían sobre él y atacando ferozmente a figuras como Jeff Sessions por su recusación. Su abogado personal, John Dowd, tras intentar prepararlo para un posible interrogatorio, llegó a la conclusión de que Trump era un «mentiroso profesional» incapaz de mantener una historia coherente, lo que le habría llevado inevitablemente a un cargo de perjurio.

Crisis como la de Charlottesville desnudaron las profundas divisiones raciales y la incapacidad de Trump para actuar como una figura unificadora. Tras sus comentarios iniciales sobre la culpa en «muchos lados», su personal le obligó a dar un discurso más conciliador que él mismo calificó después como el «puto error más grande» de su vida por parecer débil. Este evento provocó una ruptura definitiva con muchos líderes empresariales y asesores, como Gary Cohn, quien se sintió profundamente incómodo por la equiparación que el presidente hizo entre neonazis y manifestantes.

Finalmente, la salida de figuras moderadas como Cohn y Porter dejó a Trump libre para seguir sus instintos proteccionistas de «América primero», imponiendo aranceles al acero y al aluminio contra todo consejo económico. Para el final del primer año, el jefe de gabinete John Kelly describía la situación como vivir en «Loquilandia», lamentando que el presidente hubiera perdido el juicio. La Casa Blanca se convirtió en un «zoo sin paredes» donde depredadores naturales, incluyendo a la familia del presidente, luchaban por influencia en un entorno sin jerarquía ni orden.

Las fuentes presentan una presidencia definida no por una ideología coherente, sino por el caos operativo y una profunda desconfianza institucional. El hecho de que los asesores más cercanos al presidente consideraran que su deber patriótico incluía socavar la autoridad constitucional del comandante en jefe para evitar desastres nacionales es un testimonio alarmante de la disfunción del poder ejecutivo en ese periodo. La visión de Woodward sugiere que la mayor amenaza para la estabilidad de Estados Unidos no provenía únicamente de adversarios externos, sino de la incapacidad psicológica de su líder para procesar información compleja y de la erosión de las normas que separan el interés personal de la política de Estado.