Abú Nasr Muhammad Al-Farabí, conocido en la tradición islámica como el "segundo maestro" (siendo Aristóteles el primero), nació en el antiguo Turquestán alrededor del año 871 y falleció en Damasco en el 950. Su formación se desarrolló en un Bagdad cosmopolita bajo la tutela de maestros como el médico cristiano nestoriano Yuhanná ibn Haylan, lo que le permitió acceder a la rica herencia de la filosofía griega. Vivió durante el apogeo y la posterior fragmentación del califato Abasí, un contexto sociopolítico que influyó profundamente en su necesidad de buscar una justificación racional para la unidad de la comunidad de creyentes o Ummah.
La gran ambición intelectual de Al-Farabí fue la conciliación y armonización entre Platón y Aristóteles. El filósofo sostenía que, si la filosofía es el esfuerzo de la mente por alcanzar los primeros principios del ser, la oposición radical entre sus dos máximos exponentes condenaría la búsqueda de la verdad al fracaso. Para resolver este conflicto, empleó un método de comparación minucioso, analizando las fuentes griegas con una rigurosidad extraordinaria para su tiempo, lo que sentó las bases para la síntesis entre el neoplatonismo y el pensamiento peripatético en el mundo islámico.
En su sistema metafísico, Al-Farabí desarrolla una profunda teoría sobre el intelecto, distinguiendo grados de perfección ontológica. Define el intelecto en potencia como una parte del alma dispuesta a abstraer las formas de los seres, las cuales se convierten en intelecto en acto una vez que son captadas efectivamente. Este proceso culmina en el intelecto adquirido, el grado más alto de perfección humana, donde el pensamiento se vuelve capaz de captar formas inmateriales que nunca han estado en la materia y de entender su propia esencia como intelecto.
Este perfeccionamiento humano no es un acto aislado, sino que depende de la acción del intelecto agente, una forma separada que emana de la Causa Primera. Al-Farabí utiliza la metáfora de la luz para explicar que el intelecto agente actualiza los inteligibles en potencia, permitiendo que el hombre alcance su mayor grado de perfección y felicidad. Este agente es el "cemento" que une la metafísica con la política, pues el conocimiento de las formas puras y del orden jerárquico del universo es lo que permite al gobernante organizar la sociedad de manera virtuosa.
La propuesta política de Al-Farabí se cristaliza en su obra "La Ciudad Ideal" (Al-Madinat al-Fadila), donde establece una analogía entre la sociedad y un cuerpo vivo. Al igual que un cuerpo sano depende de la armonía de sus órganos bajo la dirección del corazón, la ciudad virtuosa requiere que cada ciudadano ocupe el lugar que le corresponde según sus capacidades naturales, colaborando todos hacia el fin supremo: la felicidad absoluta. Esta felicidad no es un simple bienestar material, sino una perfección intelectual y espiritual que se asemeja al orden del cosmos.
El gobernante de esta ciudad debe ser el rey-filósofo, una figura inspirada por la experiencia del profeta Mahoma. Al-Farabí sostiene que el jefe ideal debe haberse unido al intelecto agente para recibir la efusión de la Causa Primera, lo que le otorga la capacidad de legislar y dirigir las acciones humanas sin ser gobernado por nadie más. Este líder no solo posee sabiduría teórica, sino también una imaginación perfecta que le permite traducir las verdades universales en símbolos y leyes comprensibles para el pueblo.
Para identificar a este gobernante, Al-Farabí enumera doce cualidades innatas, que incluyen integridad corporal, una memoria prodigiosa, perspicacia, amor por la justicia y desapego por los placeres mundanos. Dada la dificultad de encontrar a un individuo tan perfecto, el filósofo admite la posibilidad de sucesores que, aunque no posean todas las cualidades, destaquen por su sabiduría y por seguir fielmente las leyes y tradiciones establecidas por el fundador de la nación modelo.
Finalmente, Al-Farabí contrapone la ciudad ideal a diversos modelos de naciones imperfectas o "ciudades del mal". Estas incluyen el Estado ignorante, cuyos ciudadanos buscan placeres efímeros; el Estado corrompido, que conoce la virtud pero no la practica; y el Estado extraviado, que se basa en sofisterías y falsas inspiraciones. En estas sociedades, los gobernantes persiguen fines como la riqueza, el honor o la tiranía, alejando irremediablemente a sus miembros de la verdadera perfección y condenando al Estado a la ruina.
El sistema de Al-Farabí representa un esfuerzo monumental por subordinar la religión a la filosofía, lo que le valió críticas feroces de teólogos posteriores como Al-Gazzali. Al colocar al filósofo-rey en la cima de la jerarquía social, Al-Farabí propone que la religión es, en esencia, una herramienta pedagógica para ilustrar verdades que los hombres comunes no pueden alcanzar mediante la demostración apodíctica.
Su fortaleza reside en la búsqueda de una fundamentación racional y universal para la política, intentando superar conflictos geográficos o de raza bajo el concepto de la Ummah. Sin embargo, su debilidad radica en el carácter utópico e inalcanzable de su gobernante ideal. La exigencia de cualidades casi sobrehumanas para el jefe del Estado crea una "utopía del pasado" que mira con nostalgia hacia los tiempos del Profeta, dejando poco espacio para la evolución de sociedades que no cuentan con un líder "iluminado". En última instancia, aunque su modelo busca evitar el uso de la espada mediante la razón, la concentración absoluta del poder en una figura que se presume unida a la divinidad roza el absolutismo político, un fantasma que, como señalan las fuentes, atraviesa todas las épocas de la historia. En mi opinión, esto sugiere que la propuesta de Al-Farabí es más una arquitectura mental para la reflexión que un manual práctico de gobierno ejecutable.


