domingo, 15 de marzo de 2026

Montesquieu: fundamentos y espíritu de las leyes en el Estado

El espíritu de las leyes, publicado en 1748, es el resultado de un trabajo de veinte años donde Montesquieu se propuso examinar a los hombres y sus instituciones sin prejuicios personales. Su objetivo no fue censurar lo establecido en ninguna nación, sino encontrar las razones que justifican las máximas de cada Estado y las relaciones naturales derivadas de la naturaleza de las cosas. A través de un análisis exhaustivo, el autor sostiene que proponer cambios en la constitución de un Estado corresponde solo a aquellos con un genio capaz de comprender la totalidad de su estructura. La obra busca, en última instancia, que los ciudadanos encuentren nuevas razones para amar sus deberes, su patria y sus leyes. El estudio del espíritu de las leyes constituye la investigación a la que Montesquieu dedicó su vida entera, buscando desentrañar el sentido profundo del derecho y la historia.

Existen tres formas principales de gobierno: el republicano, el monárquico y el despótico. En el republicano, el pueblo como cuerpo, o una parte de él, ejerce el poder soberano; en el monárquico, una sola persona gobierna mediante leyes fijas y preestablecidas; mientras que en el despótico, el soberano gobierna según su voluntad y caprichos, sin ley ni regla alguna. Montesquieu aclara que la mayoría de los Estados en el universo son combinaciones o compuestos de estas formas puras. Para su análisis, es preciso clasificar los gobiernos por estas especies para determinar las leyes que les son propias y modificarlas según la participación de cada gobierno en dichas formas. La naturaleza de cada gobierno es lo que lo constituye, mientras que su principio es lo que lo hace actuar,.

La distinción entre la naturaleza y el principio del gobierno es clave para entender la estructura de las leyes. Mientras que la naturaleza es su estructura particular, el principio son las pasiones humanas que lo mueven. En el caso de la democracia, que es una forma de república, el principio fundamental es la virtud política, entendida como el amor a la patria y a la igualdad. En la monarquía, el principio que sostiene al Estado es el honor, definido como la ambición y la estima de la propia dignidad. Finalmente, bajo el despotismo, el principio motor es el miedo, el cual debe anular todo sentimiento de ambición para mantener la estabilidad del tirano. Cuanto más férreos son estos principios, más estable es el gobierno; su corrupción conduce inevitablemente a la destrucción del Estado.

La libertad política es un eje central en el pensamiento de Montesquieu y reside únicamente en los gobiernos moderados. Esta libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en el poder de hacer todo lo que las leyes permiten y no ser obligado a realizar lo que la ley no manda. Para asegurar esta tranquilidad y confianza en la seguridad del ciudadano, es indispensable la separación de poderes. No hay libertad si el poder legislativo y el ejecutivo se reúnen en la misma persona, o si el poder de juzgar no está separado de los otros dos, pues el juez podría actuar como legislador o tener la fuerza de un opresor. La distribución legítima y la repartición adecuada de estos poderes representan la perfección de la libertad política.

Las leyes deben estar en estrecha relación con los factores físicos y geográficos, especialmente con el clima. Montesquieu argumenta que el aire frío contrae las fibras y aumenta el vigor, mientras que el calor las relaja y disminuye la fuerza, inclinando a los hombres de climas cálidos hacia la molicie y la pereza. Debido a esto, el gobierno debe ser capaz de corregir los efectos negativos del clima mediante la legislación; por ejemplo, estimulando al trabajo en regiones donde el calor invita a la inacción. De igual manera, la naturaleza del terreno influye en la política, pues la esterilidad de la tierra favorece la democracia al exigir mayor ingenio, mientras que la fertilidad se asocia más con el gobierno de uno solo. Las leyes de cada nación deben ser tan ajustadas a las condiciones del pueblo y su geografía que sería una rara casualidad que las de una nación sirvieran para otra.

La educación en cada sociedad debe estar relacionada directamente con el principio del gobierno vigente. En las monarquías, la educación se recibe principalmente en el mundo y tiene por objeto el honor, la urbanidad y las consideraciones recíprocas. En los Estados despóticos, la educación es prácticamente nula y tiende a rebajar el corazón, buscando el temor y el envilecimiento de los espíritus. Por el contrario, en las repúblicas es donde se requiere toda la eficacia de la educación para inspirar la abnegación y el renunciamiento de sí mismo en favor del amor a la patria. El medio más seguro para que los hijos amen su patria es que sus padres tengan ese mismo amor y lo transmitan mediante el ejemplo.

Respecto a la esclavitud, Montesquieu sostiene que, hablando en general, está contra la ley natural, pues los hombres no tienen más derecho sobre la libertad que sobre la vida de otros. El derecho de esclavitud no puede nacer de la guerra, ni de la venta de uno mismo, ya que nadie puede vender su libertad al ser esta un don del que depende su propia vida. Aunque el autor admite que la esclavitud puede ser tolerada en Estados despóticos o en climas donde el calor extremo enerva tanto el coraje que solo el miedo al castigo impulsa al trabajo, la considera una institución perjudicial tanto para el amo como para el siervo. En los gobiernos moderados, es fundamental que no existan esclavos para no corromper el principio de la igualdad o del honor.

El comercio tiene la propiedad natural de conducir a la paz entre las naciones, ya que dos pueblos que trafican dependen recíprocamente el uno del otro. Si bien el espíritu comercial puede corromper la pureza de las costumbres morales al poner precio a todas las acciones humanas, también pule las costumbres bárbaras y aleja el bandidaje. El comercio está vinculado a la constitución; el de las repúblicas suele basarse en la economía y la necesidad, mientras que en las monarquías se asocia más al lujo y la vanidad. Inglaterra es puesta como ejemplo de una nación que ha sabido supeditar sus intereses políticos a los comerciales para favorecer su libertad.

Conclusión crítica

A pesar de la magnitud de su genio, las fuentes sugieren que Montesquieu construyó un sistema que, en ocasiones, prioriza la estética del "artista" sobre la precisión del historiador. Se le critica por basar reflexiones profundas en tradiciones semifabulosas o textos cuya veracidad no fue sometida a una crítica rigurosa, como sus interpretaciones sobre el origen de las leyes romanas o de los francos. Un punto vulnerable de su análisis es que, al haber nacido en una sociedad ilustrada y tranquila, le faltó presenciar una revolución real para comprender la verdadera naturaleza humana, lo que lo llevó a idealizar el comportamiento ciudadano y subestimar la predisposición viciosa que autores como Maquiavelo señalan. En definitiva, aunque El espíritu de las leyes es un monumento del pensamiento humano que devolvió al hombre sus títulos de libertad, su política debe tomarse como una obra de civilización y moderación más que como un manual de consejos prácticos, pues, como él mismo sugiere implícitamente, la política real no se aprende solo en los libros,

martes, 10 de marzo de 2026

Hilferding y la estructura del capital financiero


La obra fundamental de Rudolf Hilferding (1877-1941), El capital financiero, explora sistemáticamente la fase avanzada del desarrollo capitalista definida por la fusión del capital industrial y el bancario en la figura del capital financiero. El autor detalla meticulosamente cómo el auge de los cárteles y trusts elimina la libre competencia, alterando drásticamente los métodos tradicionales de determinación de precios y la naturaleza de las crisis y ciclos económicos. Es central a este análisis la creciente concentración del poder bancario, especialmente mediante el uso de la sociedad por acciones, lo que permite a los bancos ejercer un dominio financiero sobre la industria y gestionar la acumulación de capital. Se examina el impacto de esta concentración en los mercados de valores, donde la especulación financiera se convierte en un medio para trasladar la propiedad y generar ganancias. Además, el texto conecta estos cambios internos con la dinámica imperialista, examinando el papel crucial de la exportación de capital y las consecuentes luchas políticas por el "espacio económico" global. La discusión se basa en la teoría marxista, revisando conceptos fundamentales de valor y dinero para comprender cómo el crédito y los monopolios transforman las leyes económicas subyacentes.

El concepto de capital financiero El objetivo primordial de Hilferding es comprender científicamente las manifestaciones económicas de la evolución reciente del capitalismo, integrándolas en el sistema teórico de Marx. La característica distintiva del capitalismo "moderno" es el proceso de concentración que se manifiesta en la abolición de la libre competencia mediante la formación de cartels y trusts. Este fenómeno se entrelaza con una relación cada vez más estrecha entre el capital bancario y el industrial. El resultado de esta fusión es el capital financiero, que constituye la manifestación más abstracta y suprema del capital. El análisis de sus leyes y funciones se vuelve imperativo para comprender las tendencias económicas y políticas actuales.

Dinero, crédito y la función bancaria El dinero surge de la anarquía de la sociedad productora de mercancías como el único proceso social que permite la cohesión en un sistema disgregado por la propiedad privada. Con el desarrollo del capitalismo, el crédito de circulación independiza la producción de los límites del oro existente al permitir la transferencia de mercancías mediante promesas de pago como la letra de cambio. Los bancos intervienen sustituyendo este crédito comercial por el suyo propio, emitiendo billetes de banco que gozan de mayor confianza social. Así, el banco deja de ser un simple intermediario para convertirse en un gestor del capital monetario social que se pone a disposición de los industriales.

La movilización del capital y el capital ficticio La sociedad por acciones revoluciona la estructura económica al disociar la propiedad del capital de su función en la producción. El accionista actúa como un capitalista monetario puro que busca una renta (dividendo) proporcional a su inversión, similar al interés de un préstamo. Esta transformación crea el "capital ficticio", representado por títulos de renta capitalizados que se negocian en la Bolsa de Valores. Un fenómeno crucial aquí es la "ganancia del fundador", que surge al capitalizar la diferencia entre el beneficio industrial y el interés medio, permitiendo a los promotores apropiarse de grandes sumas de valor de forma inmediata.

El dominio de los bancos sobre la industria La concentración bancaria avanza paralelamente a la industrial, otorgando a los bancos una supremacía cualitativa al disponer del capital en su forma líquida. A través del "crédito de capital", los bancos invierten a largo plazo en la industria, lo que genera una dependencia estructural de las empresas industriales respecto a los institutos de crédito. Esta relación se consolida mediante la "unión personal", donde directores de bancos ocupan puestos clave en los consejos de administración de las empresas industriales. De este modo, el capital financiero toma el control de las ramas más importantes de la producción social.

Monopolios y la eliminación de la competencia Los cartels y trusts surgen para contrarrestar la tendencia a la caída de la tasa de beneficios mediante la supresión de la competencia interna en un sector. Al monopolizar el mercado, estas asociaciones pueden fijar precios por encima del valor de producción, obteniendo un beneficio extra a costa del resto de la sociedad. El capital bancario fomenta activamente esta cartelización para asegurar la rentabilidad de sus inversiones y facilitar nuevas emisiones de títulos. Este proceso de monopolización reduce el comercio independiente y transforma a los antiguos comerciantes en meros agentes de venta de los sindicatos industriales.

Imperialismo y política económica del capital El capital financiero exige un Estado fuerte capaz de garantizar el mercado nacional mediante aranceles proteccionistas y de conquistar zonas de inversión en el extranjero. El arancel proteccionista deja de ser una medida defensiva para convertirse en un arma ofensiva que permite al cartel vender caro en el interior y realizar dumping en el mercado mundial. La exportación de capital se vuelve esencial para expandir la tasa de beneficios y abrir nuevas fuentes de materias primas. Esta dinámica conduce inevitablemente al imperialismo, donde el poder político y militar del Estado se pone directamente al servicio del beneficio monopolístico.

El proletariado ante la fase suprema del capitalismo La respuesta del proletariado al imperialismo no puede ser la vuelta al librecambio, sino la lucha por el socialismo. El capital financiero ya ha realizado una socialización antagónica de la producción, concentrando el mando de la economía en una pequeña oligarquía. Esta estructura facilita la transición hacia una economía planificada; bastaría con que el Estado, conquistado por el proletariado, tomara posesión de los grandes bancos para controlar las arterias principales de la producción. Así, la dictadura de los magnates del capital financiero crea las condiciones objetivas y subjetivas para su propia superación revolucionaria .

Conclusión crítica El capital financiero representa la culminación del poder económico y político en manos de una oligarquía capitalista, transformando la anarquía del mercado en una organización consciente pero antagónica. Si bien esta fase agudiza las contradicciones de clase y el riesgo de conflictos internacionales, también simplifica la tarea de la revolución social al centralizar los medios de producción de una manera que los hace listos para la gestión social. La obra de Hilferding demuestra que el capitalismo no se dirige hacia una armonía pacífica, sino hacia una confrontación final donde la dictadura del capital debe ceder ante la dirección consciente de la sociedad por el proletariado .

jueves, 5 de marzo de 2026

Mill: el equilibrio entre democracia, virtud y mérito

En la obra Consideraciones sobre el gobierno representativo (1861) de John Stuart Mill (1806-1873), las instituciones políticas se presentan como una síntesis entre el artificio humano y el crecimiento orgánico. Mill rechaza las visiones extremas que consideran al gobierno puramente como una máquina inventada o como un producto espontáneo de la naturaleza, argumentando que, si bien son obra de la voluntad humana, deben ajustarse a las capacidades de los hombres encargados de operarlas. El autor sostiene que el progreso político depende de la habilidad y el juicio ejercidos en la creación de estas estructuras, las cuales no actúan por sí solas, sino que requieren de la participación activa de los ciudadanos.

Para que una forma de gobierno sea aplicable a un pueblo, Mill identifica tres condiciones fundamentales: la aceptación por parte de la población, la voluntad y capacidad de mantenerla, y la disposición para cumplir con los deberes que impone. El incumplimiento de cualquiera de estas premisas, ya sea por indolencia, cobardía o falta de espíritu público, hace que incluso el sistema más prometedor sea impracticable para ese caso particular. Así, la libertad no es un regalo fortuito, sino un estado que requiere un esfuerzo constante y virtudes cívicas específicas para no ser subvertido por la astucia de individuos ambiciosos.

El criterio primordial de un buen gobierno es su capacidad para promover la virtud y la inteligencia de los gobernados. Mill critica la distinción tradicional entre "Orden" y "Progreso", argumentando que el orden no es más que una condición del progreso y que las mismas cualidades que preservan lo existente —industria, integridad y prudencia— son las que impulsan la mejora social. Por tanto, la excelencia de una institución política se mide por su acción sobre las personas, es decir, qué hace de los ciudadanos y cómo utiliza sus mejores cualidades para la gestión de los asuntos públicos.

El sistema representativo se erige como la forma ideal de gobierno porque garantiza que los derechos e intereses de cada persona solo están seguros cuando el interesado puede defenderlos por sí mismo. Mill afirma que la prosperidad general alcanza su punto máximo cuando se alistan las energías personales de todos en su promoción, fomentando la autoprotección y la autodependencia. En contraste, un despotismo, incluso si es "bueno", tiende a producir un pueblo mentalmente pasivo, donde la falta de voz en el destino colectivo estanca el desarrollo intelectual y moral de la nación.

Mill destaca la superioridad del tipo de carácter activo sobre el pasivo, señalando que la democracia es el único sistema que favorece al primero. La participación en funciones públicas, como el voto o el servicio en jurados, actúa como una agencia de educación nacional, obligando al ciudadano a considerar intereses que no son los suyos y a guiarse por el bien común. Este aprendizaje práctico eleva el estándar intelectual del ciudadano medio, sacándolo de la rutina de sus intereses privados y fomentando un sentimiento de identificación con la comunidad.

Respecto a las funciones de los cuerpos representativos, Mill establece una distinción radical entre controlar el gobierno y gobernar. Una asamblea numerosa no es apta para la administración ni para la legislación detallada, tareas que requieren mentes entrenadas y experiencia técnica. El verdadero oficio de los representantes es vigilar y controlar al ejecutivo, actuar como un comité de quejas de la nación y asegurar que los puestos de confianza sean ocupados por las personas más capaces, sin interferir en los detalles de la ejecución profesional.

Finalmente, el autor advierte contra la "falsa democracia" o el dominio de una mayoría numérica exclusiva, proponiendo en su lugar una representación proporcional de todas las minorías. Para evitar la "legislación de clase" y el riesgo de una baja inteligencia política, Mill sugiere medidas como la pluralidad de votos basada en la educación, otorgando más peso a las opiniones de aquellos con una superioridad mental demostrada. Este diseño busca un equilibrio donde ninguna clase pueda reducir a las demás a la insignificancia política, protegiendo la influencia de los ciudadanos más instruidos.

Conclusión Crítica La propuesta de Mill refleja una tensión constante entre su ideal democrático y un profundo temor a la mediocridad colectiva. Aunque defiende la participación universal como herramienta educativa, su insistencia en el voto plural y la preeminencia de una élite intelectual revela una desconfianza hacia la capacidad de las masas para discernir el bien común por encima de sus intereses inmediatos. Esta estructura meritocrática, si bien busca proteger la libertad frente a la "tiranía de la mayoría", introduce una jerarquía política que desafía la premisa de igualdad absoluta que él mismo define como la raíz de la verdadera democracia.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Kant y los fundamentos jurídicos de la paz universal

El tratado filosófico Sobre la paz perpetua, publicado en 1795, representa la culminación del pensamiento político de Immanuel Kant en el contexto de la Ilustración y la Revolución francesa. En esta obra, Kant propone un proyecto jurídico estructurado como un tratado de paz para conseguir una organización política mundial y particular que favorezca la estabilidad. El autor reconoce que la paz no es un estado consustancial a la naturaleza humana, sino una conquista de la voluntad consciente que debe ser instaurada legalmente para evitar el enfrentamiento mutuo.

La primera sección del ensayo establece seis artículos preliminares destinados a preparar el terreno para una paz real, prohibiendo prácticas que socavan la confianza mutua entre naciones. Kant defiende fervientemente la soberanía estatal, afirmando que ningún Estado independiente puede ser adquirido por otro a través de herencia, compra o donación, ya que un Estado es una comunidad de personas con su propia raíz moral y no una pertenencia patrimonial. Asimismo, prohíbe la injerencia violenta en la constitución de otros Estados, considerando que tal intromisión viola los derechos de un pueblo independiente que lucha contra sus propios problemas internos.

En un esfuerzo por eliminar las causas materiales de la guerra, Kant aboga por la desaparición total de los ejércitos permanentes, argumentando que su mera existencia amenaza a otros Estados y reduce al ser humano a una máquina de matar a cambio de un sueldo. Del mismo modo, advierte contra la emisión de deuda pública para financiar la política exterior; este sistema crediticio es visto como un "poder monetario peligroso" que facilita la inclinación hacia la guerra y puede llevar a la ruina no solo al Estado endeudado, sino a las potencias dependientes de su estabilidad financiera.

El primer artículo definitivo establece que la constitución civil de cada Estado debe ser republicana, basándose en los principios de libertad, igualdad y dependencia de una legislación común. Según Kant, el sistema republicano es intrínsecamente más pacífico porque requiere el consentimiento de los ciudadanos, quienes son los que sufren los costes, el combate y las deudas del conflicto. A diferencia de los regímenes despóticos, donde el soberano decide la guerra con la misma indiferencia con la que organiza una partida de caza, en una república los ciudadanos reflexionan seriamente antes de iniciar un juego tan tremendo.

El segundo pilar de su propuesta es el derecho de gentes, el cual debe fundamentarse en un federalismo de Estados libres. Kant distingue entre una federación de pueblos y un Estado mundial, rechazando este último por considerarlo contradictorio y propenso al despotismo desalmado que cae finalmente en la anarquía. La "federación de la paz" (foedus pacificum) tiene como objetivo finalizar todas las guerras para siempre sin amalgamar a los Estados en una sola entidad, manteniendo la libertad de cada nación sin que deban someterse a leyes coactivas externas como ocurre con los individuos en el estado de naturaleza.

El tercer artículo definitivo introduce el innovador concepto del derecho cosmopolita, limitado a las condiciones de la "hospitalidad universal". Este derecho otorga al extranjero la facultad de no ser tratado con hostilidad al llegar a territorio ajeno, fundamentado en la propiedad común de la superficie terrestre, donde nadie tiene originalmente más derecho de estar que cualquier otro. Kant utiliza este principio para lanzar una crítica feroz al colonialismo de los Estados "civilizados", denunciando la opresión, la rebelión y la injusticia cometida contra pueblos extranjeros bajo la mera excusa del comercio.

Finalmente, Kant explora la garantía de esta paz a través del mecanismo de la Naturaleza o Providencia, que utiliza las tendencias egoístas del hombre y el espíritu comercial para forzar la concordia incluso contra su voluntad. La naturaleza aprovecha la diversidad de lenguas y religiones para evitar la mezcla forzada bajo una monarquía universal, fomentando en su lugar el equilibrio a través de la rivalidad. En este proceso, el filósofo debe ser escuchado por el Estado —a través del artículo secreto— para ofrecer un juicio libre de la razón que guíe las decisiones políticas hacia la justicia.

En términos críticos, la obra de Kant es un antecedente visionario de la gobernanza global contemporánea, previendo la necesidad de instituciones que hoy identificamos en la ONU o la Unión Europea. Sin embargo, su teoría presenta tensiones frente a la realidad actual: su énfasis en la soberanía absoluta y la no injerencia choca con la doctrina moderna de intervención para proteger derechos humanos fundamentales en casos de exterminio interno. Además, aunque su optimismo descansa en la racionalidad de las repúblicas, Kant no pudo prever cómo el nacionalismo ideológico y los fundamentalismos transformarían la naturaleza de la guerra en los siglos XX y XXI. A pesar de estas limitaciones, su insistencia en subordinar la política a la moral y al derecho natural sigue siendo un imperativo vigente: el derecho de los humanos debe mantenerse como sagrado, pues toda política debe, en última instancia, arrodillarse ante el derecho para alcanzar una verdadera paz duradera.

martes, 3 de febrero de 2026

La ciudad ideal, de Al-Farabí

 


Abú Nasr Muhammad Al-Farabí, conocido en la tradición islámica como el "segundo maestro" (siendo Aristóteles el primero), nació en el antiguo Turquestán alrededor del año 871 y falleció en Damasco en el 950. Su formación se desarrolló en un Bagdad cosmopolita bajo la tutela de maestros como el médico cristiano nestoriano Yuhanná ibn Haylan, lo que le permitió acceder a la rica herencia de la filosofía griega. Vivió durante el apogeo y la posterior fragmentación del califato Abasí, un contexto sociopolítico que influyó profundamente en su necesidad de buscar una justificación racional para la unidad de la comunidad de creyentes o Ummah.

La gran ambición intelectual de Al-Farabí fue la conciliación y armonización entre Platón y Aristóteles. El filósofo sostenía que, si la filosofía es el esfuerzo de la mente por alcanzar los primeros principios del ser, la oposición radical entre sus dos máximos exponentes condenaría la búsqueda de la verdad al fracaso. Para resolver este conflicto, empleó un método de comparación minucioso, analizando las fuentes griegas con una rigurosidad extraordinaria para su tiempo, lo que sentó las bases para la síntesis entre el neoplatonismo y el pensamiento peripatético en el mundo islámico.

En su sistema metafísico, Al-Farabí desarrolla una profunda teoría sobre el intelecto, distinguiendo grados de perfección ontológica. Define el intelecto en potencia como una parte del alma dispuesta a abstraer las formas de los seres, las cuales se convierten en intelecto en acto una vez que son captadas efectivamente. Este proceso culmina en el intelecto adquirido, el grado más alto de perfección humana, donde el pensamiento se vuelve capaz de captar formas inmateriales que nunca han estado en la materia y de entender su propia esencia como intelecto.

Este perfeccionamiento humano no es un acto aislado, sino que depende de la acción del intelecto agente, una forma separada que emana de la Causa Primera. Al-Farabí utiliza la metáfora de la luz para explicar que el intelecto agente actualiza los inteligibles en potencia, permitiendo que el hombre alcance su mayor grado de perfección y felicidad. Este agente es el "cemento" que une la metafísica con la política, pues el conocimiento de las formas puras y del orden jerárquico del universo es lo que permite al gobernante organizar la sociedad de manera virtuosa.

La propuesta política de Al-Farabí se cristaliza en su obra "La Ciudad Ideal" (Al-Madinat al-Fadila), donde establece una analogía entre la sociedad y un cuerpo vivo. Al igual que un cuerpo sano depende de la armonía de sus órganos bajo la dirección del corazón, la ciudad virtuosa requiere que cada ciudadano ocupe el lugar que le corresponde según sus capacidades naturales, colaborando todos hacia el fin supremo: la felicidad absoluta. Esta felicidad no es un simple bienestar material, sino una perfección intelectual y espiritual que se asemeja al orden del cosmos.

El gobernante de esta ciudad debe ser el rey-filósofo, una figura inspirada por la experiencia del profeta Mahoma. Al-Farabí sostiene que el jefe ideal debe haberse unido al intelecto agente para recibir la efusión de la Causa Primera, lo que le otorga la capacidad de legislar y dirigir las acciones humanas sin ser gobernado por nadie más. Este líder no solo posee sabiduría teórica, sino también una imaginación perfecta que le permite traducir las verdades universales en símbolos y leyes comprensibles para el pueblo.

Para identificar a este gobernante, Al-Farabí enumera doce cualidades innatas, que incluyen integridad corporal, una memoria prodigiosa, perspicacia, amor por la justicia y desapego por los placeres mundanos. Dada la dificultad de encontrar a un individuo tan perfecto, el filósofo admite la posibilidad de sucesores que, aunque no posean todas las cualidades, destaquen por su sabiduría y por seguir fielmente las leyes y tradiciones establecidas por el fundador de la nación modelo.

Finalmente, Al-Farabí contrapone la ciudad ideal a diversos modelos de naciones imperfectas o "ciudades del mal". Estas incluyen el Estado ignorante, cuyos ciudadanos buscan placeres efímeros; el Estado corrompido, que conoce la virtud pero no la practica; y el Estado extraviado, que se basa en sofisterías y falsas inspiraciones. En estas sociedades, los gobernantes persiguen fines como la riqueza, el honor o la tiranía, alejando irremediablemente a sus miembros de la verdadera perfección y condenando al Estado a la ruina.

El sistema de Al-Farabí representa un esfuerzo monumental por subordinar la religión a la filosofía, lo que le valió críticas feroces de teólogos posteriores como Al-Gazzali. Al colocar al filósofo-rey en la cima de la jerarquía social, Al-Farabí propone que la religión es, en esencia, una herramienta pedagógica para ilustrar verdades que los hombres comunes no pueden alcanzar mediante la demostración apodíctica.

Su fortaleza reside en la búsqueda de una fundamentación racional y universal para la política, intentando superar conflictos geográficos o de raza bajo el concepto de la Ummah. Sin embargo, su debilidad radica en el carácter utópico e inalcanzable de su gobernante ideal. La exigencia de cualidades casi sobrehumanas para el jefe del Estado crea una "utopía del pasado" que mira con nostalgia hacia los tiempos del Profeta, dejando poco espacio para la evolución de sociedades que no cuentan con un líder "iluminado". En última instancia, aunque su modelo busca evitar el uso de la espada mediante la razón, la concentración absoluta del poder en una figura que se presume unida a la divinidad roza el absolutismo político, un fantasma que, como señalan las fuentes, atraviesa todas las épocas de la historia. En mi opinión, esto sugiere que la propuesta de Al-Farabí es más una arquitectura mental para la reflexión que un manual práctico de gobierno ejecutable.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Historia de un despropósito. Joaquín Leguina


El escritor y político Joaquín Leguina (n. 1941), reconocido como una de las voces más críticas del país, presenta en su obra "Historia de un despropósito" (2014) una explicación ácida y sin tapujos sobre las consecuencias políticas que generaron las «ideas» y «ocurrencias» de la generación socialista que tomó a José Luis Rodríguez Zapatero como líder. Según Leguina, esta etapa (2000-2011) forjó un "nuevo" socialismo que condujo al PSOE a la ruina política e ideológica, dejando a los españoles en un callejón sin salida en el que todavía se encuentran.

El núcleo de la crítica se centra en la trivialidad ideológica y la falta de realismo. Queriendo innovar, destruyeron, y pretendiendo mejorar la condición económica, cultural y social de los españoles, los llevaron al estancamiento. Se abandonaron las realidades económicas para enfocarse en ideologías, subiéndose alegres al viejo carro del anticlericalismo y del antifranquismo, confundiendo a menudo el fenecido franquismo con la derecha española actual. Esta dinámica, marcada por el "diferencialismo" y la descalificación de la derecha, metió al país en una peligrosa espiral destructora que puso al Estado democrático en riesgo de sucumbir a manos de los separatismos.

La ascensión de Zapatero al liderazgo del partido en el año 2000, un proceso que se vivió en segunda línea como observador atento y crítico, se produjo tras la derrota electoral de 1996, un evento que representó el final político de la generación anterior. La elección interna de candidato, que se celebró mediante un procedimiento no legal, fue ganada por Zapatero por un margen de nueve votos frente a José Bono, gracias a un pacto sotto voce. Una vez al mando, ZP impuso una "limpieza étnica" en su feudo de León, eliminando a la vieja guardia, y se instauró "lo nuevo" como una religión. En esta nueva era, la obsesión por la imagen se mostró mayor que la fe, y todo lo que oliera a veteranía era visto como algo a eliminar.

En el ámbito económico, la riqueza brillaba con sus "burbujas vanas" durante los primeros años del zapaterismo, aunque la distribución de renta no mejoró un ápice. El gobierno se negó a pronunciar la palabra crisis incluso después de 2008, a pesar de que la deuda externa privada se duplicó en solo cuatro años (2004-2008). La situación llevó al gobierno a un "camino hacia Damasco", obligando a Zapatero a realizar un giro dramático en mayo de 2010, anunciando recortes significativos, incluyendo la bajada del salario del sector público y la eliminación del cheque bebé. Esta maniobra fue vista como un harakiri político, que dejó al descubierto la ficción de su política progresista.

Otro "gran objetivo histórico" que resultó en un fracaso fue el abordaje del contencioso catalán. Zapatero impulsó la reforma estatutaria, llegando a prometer el apoyo al texto que saliera del Parlamento catalán. El Estatuto resultante, un "arma de destrucción masiva", era un disparate constitucional. La posterior sentencia del Tribunal Constitucional (STC 31/2010), que desmanteló sus pilares esenciales (nación, lengua, bilateralidad), no solo frustró al nacionalismo sino que, irónicamente, llevó al crecimiento de los discursos independentistas. Este proceso, que forzó leyes y la conciencia de muchos diputados, fue descrito como "la mayor locura política acometida por el PSOE, al menos, desde 1934".

La perversión de los métodos políticos fue constante. La Constitución impone a los partidos una estructura y funcionamiento democráticos, pero en la práctica, los partidos han operado como estructuras burocráticas que detestan las elecciones internas. Bajo ZP, el Comité Federal sustituyó el debate libre por el comentario, mayormente elogioso hacia el mando. Se favoreció el nepotismo y el "mangoneo" (intervención opaca desde el poder), con ejemplos como los intentos de influir en grandes empresas y la politización de la Judicatura. El autor señala que la crisis también introdujo ideologías y ocurrencias en el PP, destruyendo derechos y alargando la salida del hoyo. Este contexto se vio agravado por escándalos de corrupción como el caso Bárcenas y las irregularidades en los ERE andaluces.

Tras la catastrófica derrota electoral de 2011, donde el PSOE perdió 4.3 millones de electores, se evidenció el daño causado por la estrategia sectaria de aislar al PP, lo que solo trajo desgracias al país y al PSOE. Leguina subraya que el PSOE se encuentra ahora envuelto en una doble crisis: la interna y la que sufre la sociedad española. Para el futuro, es imprescindible que el PSOE se autorreformule, abandone el sectarismo y analice los componentes ideológicos que descompensaron su proyecto socialdemócrata. Si el PSOE no se autorreforma, peligra su supervivencia, pues el desprecio por los políticos y la desafección ciudadana exigen que los partidos pongan coto a sus invasiones y cumplan con la democracia interna.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Carta sobre la tolerancia (A Letter Concerning Toleration). John Locke


John Locke (1632-1704) es universalmente reconocido como uno de los padres del liberalismo político. Su obra más influyente sobre la libertad religiosa es la Carta sobre la tolerancia (Epistola de Tolerantia), publicada entre 1689 y 1690, que sentó las bases ideológicas esenciales para su teoría política y es considerada un texto clásico de la modernidad. El siglo XVII fue un período marcado por las guerras religiosas, donde la unidad de fe se creía necesaria para garantizar la unidad civil, llevando a un lento y sangriento resquebrajamiento de lo político. Locke, preocupado por esta crisis, propuso el concepto de tolerancia como una solución práctica, buscando desgajar definitivamente lo religioso de lo político.

El fundamento esencial de la tolerancia para Locke reside en la necesaria separación entre Iglesia y Estado, justificada por sus fines distintos. El Estado tiene como propósito la paz social y la protección de los derechos naturales individuales, denominados bienes civiles (vida, libertad, salud, posesión de bienes externos, etc.). Para lograr estos fines, el Estado está armado con la fuerza y la coacción. En contraste, el fin de la Iglesia es la salvación de las almas. Locke argumentó que el poder civil se limita al cuidado de las cosas de este mundo y no puede extenderse de ninguna manera a la salvación de las almas.

La defensa de Locke se basa en la naturaleza de la fe: la religión verdadera y salvadora consiste en la persuasión interior y la convicción del alma. La fe no puede imponerse por la fuerza, ya que la inteligencia humana no puede ser obligada por coacción externa; los castigos corporales son ineficaces para cambiar el juicio de la mente. Además, la imposición de una fe por parte del magistrado llevaría al absurdo de que la felicidad eterna de un individuo dependiera únicamente del lugar donde hubiera nacido. Locke incluso afirmó que la tolerancia es un criterio de verdad y fiabilidad para juzgar a las Iglesias: cuanto más tolerante es una Iglesia, más verdadera es.

Para Locke, la Iglesia es una sociedad libre y voluntaria, y su poder debe confinarse a sus propios límites, sin extenderse a los asuntos civiles. La autoridad eclesiástica solo tiene jurisdicción sobre sus propios miembros y sus únicas herramientas de disciplina son la exhortación, la admonición y el consejo. La sanción más severa de la Iglesia es la excomunión (expulsión del individuo), pero esta no puede ir más allá de la separación de la comunidad, sin poder atacar o privar al individuo de sus bienes civiles o derechos naturales. Si una iglesia hiciera esto, estaría excediendo su autoridad, ya que esos bienes le pertenecen al individuo en cuanto hombre, no como miembro de una confesión.

A pesar de ser conocido como el "padre de la tolerancia", Locke estableció límites estrictos a quién debía ser tolerado. En primer lugar, los ateos no debían ser tolerados en modo alguno. Locke sostenía que negar la existencia de Dios no era solo un error teórico, sino un error moral que implicaba que el ateo no quedaba ligado por ningún pacto, promesa o juramento. Para Locke, el ateísmo era una doctrina antisocial y anárquica que amenazaba el pacto social. En segundo lugar, los católicos (o "papistas") tampoco debían gozar del beneficio de la tolerancia. La justificación era que se sometían a un poder extranjero, el Papa, que podía ordenarles desobedecer al Estado, haciéndolos sujetos potencialmente revolucionarios e indignos de confianza.

La exclusión de ateos y católicos ha generado un debate crítico. Algunos señalan que la defensa de la tolerancia de Locke no fue tan inocente o universal como se presenta a menudo. Se ha argumentado que Locke buscaba darle a la religión una utilidad política, y que el Estado, al necesitar la idea de la condenación eterna para imponer su fuerza, impedía que la separación Iglesia-Estado se cumpliera realmente. La Carta marcó un giro en el pensamiento de Locke, pasando de una postura conservadora inicial a una defensa de la libertad religiosa que coincidió con su apoyo a la Revolución Gloriosa. La intolerancia hacia los católicos fue vista como una justificación política contra aquellos que se consideraban enemigos del Estado inglés.

A pesar de sus limitaciones, la propuesta de Locke fue radicalmente nueva para su tiempo. A partir de sus escritos, la tolerancia comenzó a ser vista como un derecho humano individual. El ideal que promueve es la libertad absoluta, justa y verdadera, igual e imparcial. En el contexto contemporáneo, aunque el principio de tolerancia está generalmente asumido, el debate se centra en sus límites: lo que hay que debatir es la delimitación entre lo que es aceptable en una sociedad democrática y lo que no lo es. La tolerancia implica respeto hacia las personas y sus creencias y es una cualidad humana necesaria para la convivencia pacífica y el desarrollo de sociedades moral y políticamente heterogéneas..